viernes, 9 de marzo de 2018

¿Quién corta el cordón?

Hoy mientras iba nadando me encontré con un espermatozoide, nos vimos nos fecundamos e iniciamos una nueva vida.

Liliana y Adolfo llevaban un año de casados, los dos ya eran grandes, decidieron que era el tiempo de tener un hijo.  Estuvieron tres años buscando pero la fecundación no se producía. Llegó el día tan esperado. Estaba embarazada.
40 semanas, estaban felices, las contracciones, el bolso, todo listo. No hay latidos, una mala praxis. Un mundo de sueños e ilusiones hecho pedazos. Hubieran dado la vida entera por cobijarla en sus brazos, por tenerla con vida.

Tengo 14 semanas. Mi cuerpo ya está formado.  Escucho un ruido constante, parejo, es mi  corazón que está latiendo. Tengo un cordón que me une a alguien.

Encontraron a la mujer en la calle, sola, como perdida, ensangrentada, igual que la aguja de tejer que tenía en la mano. El médico del SAME le preguntó qué le pasaba, aunque con solo ver el cuadro ya se imaginaba el resto. Entró en la sala de partos, no hay vuelta atrás, estaba todo perdido, no había latidos.

Sigo aquí, estoy creciendo. No tengo tanto espacio para moverme como antes.

Ingresó envuelto en una manta, el cordón atado con un hilo. Estaba a término.  El crudo invierno transitaba en ese momento. Una señora que iba a tirar la basura  sintió un llanto, primero pensó que era un gatito, pero al sacarlo descubrió que era un niño. Le pusieron de nombre Santiago.  Cuando llegó lo bañamos, lo vestimos y pusimos en la incubadora para que su cuerpito tome calor.  En la sala de neonatología  nos enternecimos con su vida, brindándole cuidado y mucho cariño. Estuvo dos meses con nosotros mientras trataban de ubicar a la madre o algún familiar. Algunos quisimos llevarlo a casa y adoptarlo, incluyéndome, pero no se podía, las leyes argentinas no lo permiten. Tiene que pasar un tiempo hasta descartar la posibilidad de que aparezcan los progenitores biológicos o que se presenten y anulen la patria potestad del niño.
Santiago fue a un hogar. A los cuatro años volvió a la guardia de Pediatría por una gastroenteritis. Todavía estaba en trámite su adopción.
Hay 5.352 familias anotadas, ya sean monoparentales, uniones convivenciales o matrimonios, que esperan para adoptar un niño.

Tengo que darme vuelta y acomodarme para salir. ¿Qué estará pasando afuera? ¿Habrá alguien esperándome?

En la Sala de Recepción del Recién Nacido estaba todo dispuesto para la llegada del bebé. La ropita estaba en una bolsa y en ella un papel escrito con el nombre “Luz Milagros”. La obstetra nos comentó que este era un caso muy especial, la mamá había sido violada y junto con su familia habían decidido dar al bebé, renunciando a la patria potestad. De todas formas todavía estaba a tiempo de arrepentirse. Cuando la beba ya estaba bañada y vestida me acerqué a la mamá. Muy jovencita, lloraba en silencio. Le pregunté si quería verla, me dijo que no. Lo único que le interesaba saber era si la niña estaba bien y si le habíamos puesto el nombre que estaba en la bolsita. Le dije que sí.
Luz Milagros estuvo un mes y un poquito más en Neo. Los padres adoptivos vinieron a buscarla y nos contaron su historia. Hacía mucho deseaban ser padres,  más de cinco años.  Habían intentado tres veces la inseminación artificial, pero con resultado negativo. El nombre de la niña era muy significativo para ellos, “Luz” porque había traído luz a sus vidas cuando se enteraron de esta posibilidad y “Milagros” porque después de tanto tiempo y  tantos intentos,  todos sus sueños e ilusiones se hacían realidad.

Ya salí, cortaron el cordón. No estoy nadando, ahora me sostienen. Hay mucha luz, escucho diferentes voces. Estoy vivo.


Liliana Dekleva
Marzo 2018





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