Liliana y Adolfo llevaban un año de casados, los dos ya eran grandes,
decidieron que era el tiempo de tener un hijo. Estuvieron tres años buscando
pero la fecundación no se producía. Llegó el día tan esperado. Estaba
embarazada.
40 semanas, estaban felices, las contracciones, el bolso, todo listo. No
hay latidos, una mala praxis. Un mundo de sueños e ilusiones hecho pedazos.
Hubieran dado la vida entera por cobijarla en sus brazos, por tenerla con vida.
Tengo 14 semanas. Mi cuerpo ya está formado. Escucho un ruido
constante, parejo, es mi corazón que
está latiendo. Tengo un cordón que me une a alguien.
Encontraron a la mujer en la calle, sola, como perdida, ensangrentada,
igual que la aguja de tejer que tenía en la mano. El médico del SAME le
preguntó qué le pasaba, aunque con solo ver el cuadro ya se imaginaba el resto.
Entró en la sala de partos, no hay vuelta atrás, estaba todo perdido, no había
latidos.
Sigo aquí, estoy creciendo. No tengo tanto espacio para moverme como
antes.
Ingresó envuelto en una manta, el cordón atado con un hilo. Estaba a
término. El crudo invierno transitaba en ese momento. Una señora que iba
a tirar la basura sintió un llanto, primero pensó que era un gatito, pero
al sacarlo descubrió que era un niño. Le pusieron de nombre Santiago.
Cuando llegó lo bañamos, lo vestimos y pusimos en la incubadora para que
su cuerpito tome calor. En la sala de
neonatología nos enternecimos con su
vida, brindándole cuidado y mucho cariño. Estuvo dos meses con nosotros
mientras trataban de ubicar a la madre o algún familiar. Algunos quisimos
llevarlo a casa y adoptarlo, incluyéndome, pero no se podía, las leyes
argentinas no lo permiten. Tiene que pasar un tiempo hasta descartar la
posibilidad de que aparezcan los progenitores biológicos o que se presenten y
anulen la patria potestad del niño.
Santiago fue a un hogar. A los cuatro años volvió a la guardia de
Pediatría por una gastroenteritis. Todavía estaba en trámite su adopción.
Hay 5.352 familias anotadas, ya sean monoparentales, uniones
convivenciales o matrimonios, que esperan para adoptar un niño.
Tengo que darme vuelta y acomodarme para salir. ¿Qué estará pasando afuera?
¿Habrá alguien esperándome?
En la Sala de Recepción del Recién Nacido estaba todo dispuesto para la
llegada del bebé. La ropita estaba en una bolsa y en ella un papel escrito con
el nombre “Luz Milagros”. La obstetra nos comentó que este era un caso muy
especial, la mamá había sido violada y junto con su familia habían decidido dar
al bebé, renunciando a la patria potestad. De todas formas todavía estaba a
tiempo de arrepentirse. Cuando la beba ya estaba bañada y vestida me acerqué a
la mamá. Muy jovencita, lloraba en silencio. Le pregunté si quería verla, me
dijo que no. Lo único que le interesaba saber era si la niña estaba bien y si
le habíamos puesto el nombre que estaba en la bolsita. Le dije que sí.
Luz Milagros estuvo un mes y un poquito más en Neo. Los padres adoptivos
vinieron a buscarla y nos contaron su historia. Hacía mucho deseaban ser
padres, más de cinco años. Habían
intentado tres veces la inseminación artificial, pero con resultado negativo.
El nombre de la niña era muy significativo para ellos, “Luz” porque había
traído luz a sus vidas cuando se enteraron de esta posibilidad y “Milagros”
porque después de tanto tiempo y tantos intentos, todos sus sueños e ilusiones se hacían
realidad.
Ya salí, cortaron el cordón. No estoy nadando, ahora me sostienen. Hay
mucha luz, escucho diferentes voces. Estoy vivo.
Liliana Dekleva
Marzo 2018
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