De pronto
la noche se hizo día, el sol brillaba con todo su esplendor, el clima
cálido y otoñal hacía más placentera la caminata por La Plaza San Esteban. No
pude entender cómo llegué hasta allí, tan lejos y sin transporte.
Me
introduje en el bullicio de la calle más importante de la ciudad, la
Ringstrasse. El aroma a café y las exquisiteces vienesas que se exhibían en los
negocios me despertaban el apetito. Transitaba por las calles buscando mis
raíces, aquello que me identificara con mi historia, mi apellido.
Los
edificios más elegantes, importantes y arquitectónicos se perfilaban a mi paso.
Entre ellos, el Palacio Real Hofburg, la Bolsa, el Parlamento, el Burgtheater,
la Iglesia Votiva, la Universidad, el Museo de Historia del Arte o el Museo de
Historia Natural.
El idioma
era una dificultad porque me impedía comunicarme con fluidez. En ese momento
recordaba a la tía Luisa, con quien viví un tiempo durante la adolescencia.
Ella sabía hablar alemán, pero nunca se me ocurrió pedirle que me enseñe, era
muy lejana la posibilidad de necesitarlo.
El barco
tocaba insistentemente la bocina, anunciando el comienzo de un paseo por el río
Danubio, desde la proa los pasajeros felices y expectantes saludábamos a la
gente que quedaba en tierra.
Esta vez
había un servicio de audio guía durante toda la travesía, con comentarios en
español.
Durante
el recorrido pasamos por unos bosques preciosos, por la Torre del Danubio, por
los edificios multicolores Kunsthaus y Hundertwasserhaus, los cuales reflejaban
en el río toda su belleza. Parecía que bailaban, al compás de las ondas
que se formaban en el agua al paso del barco.
Mientras
navegábamos cruzamos cinco puentes, entre ellos El Margarita, un nombre muy
especial en mi historia. El que me resultó significativo fue el Puente de la
Libertad, así me sentía en ese momento, libre de vivir, pensar, sentir y soñar.
Cuantos había cruzado en mi vida, algunos más altos, otros más bajos, pero
todos implicaban un gran desafío.
Desembarcamos
en la isla Margarita, era imposible estar allí y que el recuerdo de mi
madre no estuviera presente.
Me dirigí
al lugar donde alquilaban bicicletas y junto con otros turistas comencé a
recorrer la isla. El pedaleo se hacía más liviano y agradable entre el aroma de
las de flores y la vista del paisaje. No me alcanzaban los ojos para ver tanta
belleza, parecía que estaba frente a un cuadro pintado por el mejor de los
artistas.
Detuve mi
bicicleta en la fuente musical. El agua subía y bajaba hasta 25 metros de
altura, las 227 bombitas a su alrededor, le daban diferentes tonos de brillo,
luz y color, la música de Strauss y Mozart invitaban a bailar. Busque con la
mirada un príncipe azul que me invite a danzar, como si fuera la
protagonista de un cuento de hadas, por más que no llevaba en mis pies, los
zapatitos de cristal.
Mientras
el barco se alejaba de la orilla, con la mirada fija en la isla, supuse por que
mi abuelo Matías, ya radicado en Argentina, eligió poner el nombre Margarita a
su hija, tal vez para depositar en ella, un pedacito de su amada tierra.
Era muy
difícil conseguir entradas, había que reservarlas con mucho tiempo de
anticipación, pero yo estaba allí, en el
edificio del Musikverein, la sala de
música más famosa del mundo, con una acústica perfecta, la Großer Saal -
conocida como Sala Grande o Sala Dorada. Ubicada en el mejor lugar
del auditorio.
Era la
noche de gala. Llevaba un largo vestido color verde esmeralda, que hacía juego
con mis ojos, al caminar un corte sutil y discreto, dejaba asomar mis finas
piernas. Calzaba unos zapatos altos aterciopelados del mismo tono, con un
pequeño moño en las punteras. Los aros en forma de nota musical, brillaban
entre los rizos que caían sobre mis hombros. Hacían juego con el colgante que
adornaba el provocativo escote.
Se
apagaron las luces, el espectáculo comenzaba. Se abrió el telón y los músicos
esperaban la entrada solemne del director de la orquesta, como un estallido
sonaron los aplausos al presentarse ante el público.
Los
valses de Strauss llenaron el recinto, me deje llevar por esos acordes que me
envolvían y me llegaban hasta las fibras más íntimas de mi ser. Ahora entendía
porque me gustaba tanto y se me erizaba la piel cuando lo escuchaba, como si
hubiera encontrado la pieza faltante del rompecabezas para completar mi
partitura. Mi árbol genealógico. Saqué un pañuelo.
A lo
lejos se oía un ruido molesto y persistente, anunciando que el paseo por Viena
había terminado. Era el reloj despertador.
LILIANA
DEKLEVA
Octubre
2017
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