martes, 13 de febrero de 2018

Un paseo hacia tierras lejanas.


De pronto la noche  se hizo día, el sol brillaba con todo su esplendor, el clima cálido y otoñal hacía más placentera la caminata por La Plaza San Esteban. No pude entender cómo llegué hasta allí, tan lejos y sin transporte.
Me introduje en el bullicio de la calle más importante de la ciudad, la Ringstrasse. El aroma a café y las exquisiteces vienesas que se exhibían en los negocios me despertaban el apetito. Transitaba por las calles buscando mis raíces, aquello que me identificara con mi historia, mi apellido.
Los edificios más elegantes, importantes y arquitectónicos se perfilaban a mi paso. Entre ellos, el Palacio Real Hofburg, la Bolsa, el Parlamento, el Burgtheater, la Iglesia Votiva, la Universidad, el Museo de Historia del Arte o el Museo de Historia Natural.
El idioma era una dificultad porque me impedía comunicarme con fluidez. En ese momento recordaba a la tía Luisa, con quien viví un tiempo durante la adolescencia. Ella sabía hablar alemán, pero nunca se me ocurrió pedirle que me enseñe, era muy lejana la posibilidad de necesitarlo.

El barco tocaba insistentemente la bocina, anunciando el comienzo de un paseo por el río Danubio, desde la proa los pasajeros felices y expectantes saludábamos a la gente que quedaba en tierra.
Esta vez había un servicio de audio guía durante toda la travesía, con comentarios en español.
Durante el recorrido pasamos por unos bosques preciosos, por la Torre del Danubio, por los edificios multicolores Kunsthaus y Hundertwasserhaus, los cuales reflejaban en el río  toda su belleza. Parecía que bailaban, al compás de las ondas que se formaban en el agua al paso del barco.
Mientras navegábamos cruzamos cinco puentes, entre ellos El Margarita, un nombre muy especial en mi historia. El que me resultó significativo fue el Puente de la Libertad, así me sentía en ese momento, libre de vivir, pensar, sentir y soñar. Cuantos había cruzado en mi vida, algunos más altos, otros más bajos, pero todos implicaban un gran desafío.
Desembarcamos en la isla Margarita,  era imposible estar allí y que el recuerdo de mi madre no estuviera presente.
Me dirigí al lugar donde alquilaban bicicletas y junto con otros turistas comencé a recorrer la isla. El pedaleo se hacía más liviano y agradable entre el aroma de las de flores y la vista del paisaje. No me alcanzaban los ojos para ver tanta belleza, parecía que estaba frente a un cuadro pintado por el mejor de los artistas.
Detuve mi bicicleta en la fuente musical. El agua subía y bajaba hasta 25 metros de altura, las 227 bombitas a su alrededor, le daban diferentes tonos de brillo, luz y color, la música de Strauss y Mozart invitaban a bailar. Busque con la mirada un príncipe azul que me invite a  danzar, como si fuera la protagonista de un cuento de hadas, por más que no llevaba en mis pies, los zapatitos de cristal.
Mientras el barco se alejaba de la orilla, con la mirada fija en la isla, supuse por que mi abuelo Matías, ya radicado en Argentina, eligió poner el nombre Margarita a su hija, tal vez para depositar en ella, un pedacito de su amada tierra.

Era muy difícil conseguir entradas, había que reservarlas con mucho tiempo de anticipación, pero yo estaba allí,  en el edificio del Musikverein, la sala de música más famosa del mundo, con una acústica perfecta,  la Großer Saal - conocida como Sala Grande o Sala Dorada. Ubicada en  el mejor lugar del auditorio.
Era la noche de gala. Llevaba un largo vestido color verde esmeralda, que hacía juego con mis ojos, al caminar un corte sutil y discreto, dejaba asomar mis finas piernas. Calzaba unos zapatos altos aterciopelados del mismo tono, con un pequeño moño en las punteras. Los aros en forma de nota musical, brillaban entre los rizos que caían sobre mis hombros. Hacían juego con el colgante que adornaba el provocativo escote.
Se apagaron las luces, el espectáculo comenzaba. Se abrió el telón y los músicos esperaban la entrada solemne del director de la orquesta, como un estallido sonaron los aplausos al presentarse ante el público.
Los valses de Strauss llenaron el recinto, me deje llevar por esos acordes que me envolvían y me llegaban hasta las fibras más íntimas de mi ser. Ahora entendía porque me gustaba tanto y se me erizaba la piel cuando lo escuchaba, como si hubiera encontrado la pieza faltante del rompecabezas para completar mi partitura. Mi árbol genealógico. Saqué un pañuelo.

A lo lejos se oía un ruido molesto y persistente, anunciando que el paseo por Viena había terminado. Era el reloj despertador.


LILIANA DEKLEVA
Octubre 2017

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