jueves, 15 de marzo de 2018

El rescate.


Los días pasaban y nadie nos venía a liberar de los restos del avión esparcidos en un manto blanco y espeso de nieve, a muchos metros de altura.
Estábamos todos,  Pedro, Juan y Alicia también. Tuvimos que tomar una decisión. No nos fue fácil ponernos de acuerdo. Pero como una medida de supervivencia, resolvimos  comer a nuestros compañeros.
Frente a esta situación tan extrema,  convinimos en destacar los valores y virtudes de cada uno de los muertos. 
Pedro era muy trabajador, se levantaba temprano. Juan tenía  buen sentido del humor y era muy optimista. Alicia, la voz cantante del grupo, tenía un tono muy dulce y armonioso.
Mientras deliberábamos sobre la decisión tomada, recordamos a Juan.  Rosa aún sentía el rubor en su rostro, como si él estuviera contando sus chistes subidos de tono.  No podíamos olvidarnos de Pedro, como se despertaba sobresaltado con nuestras carcajadas. Venía muy cansado de su trabajo, después de una larga jornada repartiendo cartas para el correo. Había que volver a repetirle el chiste, porque cabeceaba o se dormía en la mitad del cuento.
El viento helado soplaba su furia, con un sonido macabro y misterioso. Alicia con su guitarra lo hubiera transformado en una chacarera.
Carlos no tenía la menor idea de notas musicales, lo único que quería, era estar en su casa con la familia, frente al hogar.
Susana era la mejor amiga de Alicia, se la veía lejana y distante, con un montón de palabras  ahogadas en el dolor y el  silencio.
Fernando parecía frío e insensible, no le interesaban los pormenores del caso, ni debatir el tema, era un mal necesario y cuanto más rápido se consumara el hecho, menos doloroso.
A Liliana le resultaba aberrante la decisión tomada y trato de mantener su resistencia lo más que pudo.
Llegó el momento. Empezamos con Alicia, miramos la guitarra, en silencio nos aferramos a ella, como si de alguna manera estuviera aprobando este acto. Cuando terminamos ya no éramos los mismos.
Esta vez no fue necesario despertarlo. Para Pedro, nosotros éramos su familia, pasábamos muchos horas juntos, armando los proyectos y las charlas. Él se daba por entero a los demás. No podíamos preguntarle si estaba de acuerdo, pero dábamos por descontado que lo estaría. Tal vez en algún momento, nos llegue una carta dándonos su opinión.
Contrariamente al carácter alegre y optimista de Juan, nos cayó pesado. Entre sentimientos encontrados de lo que es y lo que debe ser, nos comimos.
La nieve permanecía blanca y fría. El rescate era una incógnita, nosotros estábamos vivos.

Autora: Liliana Dekleva
             Octubre 2017





El submarino ARA San Juan parte desde el puerto de Ushuaia el lunes 13 de noviembre con destino hacia la base en Mar del Plata. Dotado con 44 marinos. La Armada pierde la posición del navío a las 7:30 de la mañana del miércoles 15.
Los estamos esperando.
Día a día cobijamos la esperanza de encontrarlos y estrecharlos otra vez en una abrazo, poniendo fin a esta espera.
44 pasajeros. Un submarino de guerra. Ni el casco más duro y resistente, ni la más  alta tecnología alcanzo. Las baterías dejaron de funcionar.
Buques, aviones y submarinos, de diferentes banderas, barren el mar.
Las olas treparon alturas inalcanzables. Las ráfagas de viento soplaron con toda su fuerza. Las nubes densas cubrieron como un manto el mar embravecido.
En tierra, familiares, amigos, todos impacientes esperamos  alguna noticia. Los Partes de la Armada que van y que vienen. ¿Quién dice la verdad?
La explosión como un evento anómalo, singular, corto y violento, nos sacudió.
Héroes en la plataforma submarina están esperando que los puedan rescatar.

Se buscan culpables. ¿A quién adjudicarle la responsabilidad?  44 vidas están pérdidas. En las profundidades del mar.

Liliana Dekleva

Noviembre 2017


viernes, 9 de marzo de 2018

¿Quién corta el cordón?

Hoy mientras iba nadando me encontré con un espermatozoide, nos vimos nos fecundamos e iniciamos una nueva vida.

Liliana y Adolfo llevaban un año de casados, los dos ya eran grandes, decidieron que era el tiempo de tener un hijo.  Estuvieron tres años buscando pero la fecundación no se producía. Llegó el día tan esperado. Estaba embarazada.
40 semanas, estaban felices, las contracciones, el bolso, todo listo. No hay latidos, una mala praxis. Un mundo de sueños e ilusiones hecho pedazos. Hubieran dado la vida entera por cobijarla en sus brazos, por tenerla con vida.

Tengo 14 semanas. Mi cuerpo ya está formado.  Escucho un ruido constante, parejo, es mi  corazón que está latiendo. Tengo un cordón que me une a alguien.

Encontraron a la mujer en la calle, sola, como perdida, ensangrentada, igual que la aguja de tejer que tenía en la mano. El médico del SAME le preguntó qué le pasaba, aunque con solo ver el cuadro ya se imaginaba el resto. Entró en la sala de partos, no hay vuelta atrás, estaba todo perdido, no había latidos.

Sigo aquí, estoy creciendo. No tengo tanto espacio para moverme como antes.

Ingresó envuelto en una manta, el cordón atado con un hilo. Estaba a término.  El crudo invierno transitaba en ese momento. Una señora que iba a tirar la basura  sintió un llanto, primero pensó que era un gatito, pero al sacarlo descubrió que era un niño. Le pusieron de nombre Santiago.  Cuando llegó lo bañamos, lo vestimos y pusimos en la incubadora para que su cuerpito tome calor.  En la sala de neonatología  nos enternecimos con su vida, brindándole cuidado y mucho cariño. Estuvo dos meses con nosotros mientras trataban de ubicar a la madre o algún familiar. Algunos quisimos llevarlo a casa y adoptarlo, incluyéndome, pero no se podía, las leyes argentinas no lo permiten. Tiene que pasar un tiempo hasta descartar la posibilidad de que aparezcan los progenitores biológicos o que se presenten y anulen la patria potestad del niño.
Santiago fue a un hogar. A los cuatro años volvió a la guardia de Pediatría por una gastroenteritis. Todavía estaba en trámite su adopción.
Hay 5.352 familias anotadas, ya sean monoparentales, uniones convivenciales o matrimonios, que esperan para adoptar un niño.

Tengo que darme vuelta y acomodarme para salir. ¿Qué estará pasando afuera? ¿Habrá alguien esperándome?

En la Sala de Recepción del Recién Nacido estaba todo dispuesto para la llegada del bebé. La ropita estaba en una bolsa y en ella un papel escrito con el nombre “Luz Milagros”. La obstetra nos comentó que este era un caso muy especial, la mamá había sido violada y junto con su familia habían decidido dar al bebé, renunciando a la patria potestad. De todas formas todavía estaba a tiempo de arrepentirse. Cuando la beba ya estaba bañada y vestida me acerqué a la mamá. Muy jovencita, lloraba en silencio. Le pregunté si quería verla, me dijo que no. Lo único que le interesaba saber era si la niña estaba bien y si le habíamos puesto el nombre que estaba en la bolsita. Le dije que sí.
Luz Milagros estuvo un mes y un poquito más en Neo. Los padres adoptivos vinieron a buscarla y nos contaron su historia. Hacía mucho deseaban ser padres,  más de cinco años.  Habían intentado tres veces la inseminación artificial, pero con resultado negativo. El nombre de la niña era muy significativo para ellos, “Luz” porque había traído luz a sus vidas cuando se enteraron de esta posibilidad y “Milagros” porque después de tanto tiempo y  tantos intentos,  todos sus sueños e ilusiones se hacían realidad.

Ya salí, cortaron el cordón. No estoy nadando, ahora me sostienen. Hay mucha luz, escucho diferentes voces. Estoy vivo.


Liliana Dekleva
Marzo 2018