Un cuento de hadas
El tiempo pareció detenerse en un montón de imágenes superpuestas que invadían mi vista sin poder descifrar cuál de ellas era la más bella. Todo estaba ordenado, con un toque acogedor y femenino.
El ventanal cubierto por unas cortinas blancas. La persiana estaba cerrada, la abrí. Al principio mis ojos se encandilaron con el rayo de luz que se filtraba por el balcón. Las sierras hermosas e imponentes se lucían en frente mío derramando todo su belleza.
Me desperté con la claridad de la mañana, sin el despertador, sin prisa, sin tiempo, sin nada que me ate o condicione. Con la libertad de elegir y decidir que quiero o no quiero. Soy mi propia voz, mi propia conciencia, mi propio juez.
Bajé las escaleras y allí estaba esperando. El vapor en forma muy tenue sobresalía de la superficie. Entré en su espacio y me sumergí en sus aguas cálidas y cristalinas, inundándome de paz y placer, como sirena con príncipe encantado.
Mi cocina estaba cerrada por vacaciones, pero la varita mágica tenía sus poderes y encantos. Los desayunos eran parte del servicio.. Los almuerzos bien sustituidos por latas de jardineras, yogures, frutas y sopas de sobre que potenciaban su sabor con agua bien caliente. Los mates a la merienda tenían su protagonismo, había variedad de tortas, eran muy ricas -y de crema, crema-. Las cenas eran variadas, después de recorrer las calles del centro, mirando vidrieras, artículos artesanales, comparando los precios y menúes. Hasta encontrar el plato adecuado, a veces era abundante y podía quedar una parte para el almuerzo del otro día, o me saboreaba hasta el último bocado.
Las caminatas proporcionadas por el Hotel son una buena cuota de ejercicios, de turismo, una ocasión para conocer a otras personas, una oportunidad para quemar las calorías de más que los chocolates, las tortas y cosas ricas van depositando en mi cuerpo. Estoy cumpliendo ademas, con una de las indicaciones médicas más solicitada en Buenos Aires, que pocas veces logró cumplir. pero aquí parece que mis pies fueran de gacela, porque no se cansan, ni se resisten al recorrido.
La escritura ocupa un espacio muy importante. La musa inspiradora me invade continuamente tocándome con su magia y sacando de mi los sentimientos más puros y nobles que se vuelcan en un poema. Como una manera de agradecer tanta hermosura.
La lectura me permite soñar y vivir historias ajenas, algunas reales otras imaginarias. Puedo terminar un párrafo, no me limita el reloj delatando que es tarde y que al otro día hay que levantarse temprano para ir a trabajar. No me condiciona el horario para hacer las compras o la comida. Puedo quedarme dormida con el libro en la mano porque me avance en demasiadas hojas. Pero no a las dos primeras, porque el trajín de todo el día, agotó mis fuerzas, como me suele ocurrir en Buenos Aires.
Hubo momentos. Cerrar los ojos para comenzar a ver en mi interior y tomar contacto con aquello que me hace feliz. Escuchar el silencio para percibir el canto de los pájaros y el sonido del viento. Dejar que el sol con su luz y el calor penetre en mi interior, llenándome de energía positiva. Desapego de la familia, personas amadas que forman de mi vida.
Parecía un cuento por la magia de concretar lo que tanto deseaba, pero es real porque lo viví y disfrute.
Todo cuento tiene su principio y su fin. La varita mágica deja su hechizo para volver a la realidad, al trabajo a la rutina. A generar los recursos para proyectar un nuevo sueño. Este fue maravilloso.
Liliana Dekleva
23/07/2018